miércoles, 8 de febrero de 2012


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Un coche que solo ha traido muerte y desgracia a sus propietarios.

Junto al Porsche  de James Dean, y del que nos ocuparemos otro día,  esta limusina nacida en 1910 es considerada otro de los más famosos automóviles malditos de la historia. Su color rojo sangre parecía augurar un futuro de desgracia para todo aquel que lo poseyera.
El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando y su esposa la archiduquesa Sophie, fueron asesinados a tiros por Gavrilo Princip, miembro del grupo radical ‘La joven Bosnia’ ,  mientras iban en un bonito coche de época de seis plazas al descubierto fabricado por la marca austriaca Graef und Stift. Este fue el evento que dio inicio a la Primera Guerra Mundial y las primeras muertes en las que el automóvil estuvo involucrado.
  
La leyenda cuenta que todos los dueños de este Graef und Stift han sido víctimas de la mala suerte. El General Portiorek fue el siguiente en poseer este maldito coche. Después de una derrota militar enorme y un amargo viaje a Viena, comenzó a tener problemas mentales y murió en un manicomio.
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El nombre de la siguiente persona propietaria de este coche no se conoce. Todo lo que se sabe es que él era un capitán del ejército. Un día mientras conducía el coche se encontró con dos campesinos que caminaban por la carretera frente a él. Intentó esquivarlos y desviar la dirección del vehiculo, ello hizo que se saliera de la carretera y chocara contra un árbol. Los tres murieron en el accidente.
El coche llegó hasta el gobernador de Yugoslavia. Durante el tiempo que tuvo este coche, sufrió cuatro accidentes distintos en uno de los cuales perdió el brazo. Llegó a la conclusión de que el coche traía mala suerte y su amigo el Dr. Srikis se lo compra riéndose de las ideas de su amigo sobre el coche. A los seis meses de la compra, el Dr. Srikis moriría al volcar con el coche.
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Posteriormente, fue adquirido por Simon Mantharides, un joyero coleccionista de antigüedades. Al comprarlo como pieza de colección, no perdió la vida a su volante, pero se suicidó seis meses después por causas desconocidas.
 El Graef und Stift pasó a manos de otro coleccionista. Se trataba de un médico y, al parecer, comenzó a perder pacientes y a tener problemas económicos. Por este motivo, lo puso en venta. El coche se convirtió en propiedad de un corredor suizo  nada supersticioso: quería probar que aquel modelo no era el portador de ninguna maldición. Tardó pocos días en morir en carretera .
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La historia más curiosa de este caso es la de un rico terrateniente residente en Sarajevo. Un día, mientras paseaba feliz con su nueva adquisición, el Graef und Stift se quedó parado sin motivo aparente. Cuando estaban atándolo a un carro de bueyes para transportarlo al taller, aquel vehículo infernal se puso en marcha súbitamente, atropelló a su dueño y cayó por un barranco.
 Pero la ‘leyenda’ no termina aquí. Aún estando destrozado, Tiber Hirshfield, propietario de un negocio de vehículos de alquiler, lo adquirió, lo restauró y lo pintó de azul. Quizá esperaba que el cambio de color acabase con sus ‘instintos asesinos’. No fue así. Las características de este modelo austriaco lo convertían en el coche perfecto de una boda. La primera vez que fue utilizado para este fin, trató de pasar una larga fila de coches cuando el coche misteriosamente se salió de control y se estrelló. Cuatro de los cinco murieron en el accidente.  Hirshfield,  hacia las veces de chófer, fue su  último dueño en fallecer.
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Este coche maldito está expuesto   en el “Heereschichtliches Museo de Viena”. El edificio parecía un imán para las bombas aliadas en la II Guerra Mundial: la mayor parte de la colección fue arruinada en la contienda. Casi toda, menos el Graef und Sift de los archiduques de Austria: un perfecto superviviente que bien podría compararse con un asesino en serie.
Sin duda un enigmático vehiculo que por suerte ve pasar el paso del tiempo dentro de las cuatro paredes de un museo, maldito o no, mejor que se quede ahí para siempre.

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“El baile de San Vito”

24 de junio de 1374, amanece un nuevo día en la ciudad alemana de Aquisgrán. El cielo está despejado y todo hace presagiar que será otro largo y placentero día de verano. Pero desde el fondo de los callejones llega un murmullo extraño que va in crescendo a medida que se acerca a las calles y plazas principales del pueblo. La extraña epidemia de la que muchos han oído hablar ha llegado ya hasta la misma puerta de sus casas.
Los vecinos se asoman a las ventanas para contemplar sorprendidos como una turbamulta de gente comienza a llenar las calles. Todos bailan frenéticamente al son de una música imaginaria. Se retuercen y saltan, gritan, ríen y algunos lloran. En su delirio colectivo hacen caso omiso de los vecinos que intentan calmarlos, nada les puede detener, sus cuerpos se convulsionan como poseídos por el mismísimo demonio, y tan solo, muchas horas después, el desfallecimiento y los desmayos pondrán fin lentamente a su dantesca danza.
Pero no acabará en ese breve descanso su enfermizo baile, ya que la gran mayoría lo reemprenderá otra vez de forma involuntaria al recobrar sus fuerzas, continuando de nuevo durante días, semanas e incluso llegando a los cuatro meses, bailando en sus casas, en las calles, en las iglesias o en cualquier lugar donde se posen sus maltrechos pies…
Pues ya veis amigos, esto que en principio nos puede recordar a los anuncios publicitarios que tan de moda están últimamente, en los que un grupo de gente se pone a bailar en lugares públicos al unísono de manera “espontánea”, ya se inventó hace unos cuantos siglos, aunque por aquellos tiempos no se hizo precisamente por diversión, si no que fue una terrible epidemia que recorrió buena parte del norte europeo.
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The Dancing Mania; by Hondius after Brueghel 1570
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El fenómeno se conoce como choreomanía; del griego khoreia, baile, y manía, locura. Su origen se puede buscar en un contagio colectivo psicótico, con tintes fanatico-religiosos a la par que biológicos. Entre los siglos XIV y XVIII se reportaron numerosos casos de Coreomanía en distintas ciudades de Holanda, Bélgica, Alemania, Francia o Italia.
Un contemporáneo, fray Pedro de Herental, quien fue testigo ocularde uno de estos episodios, dejó una descripción que dice lo siguiente:
“En esa época… una secta extraña, formada por mujeres y hombres de varias partes de Alemania llegó a Aachen (Aquisgrán) y de ahí siguió hasta Hennegau y a Francia. Su estado era el siguiente. Tanto hombres como mujeres habían sido tan ultrajados por el diablo que bailaban en sus casas, en las iglesias y en las calles, tomados de la mano y saltando en el aire. Mientras bailaban gritaban los nombres de algunos demonios, como Friske y oíros, pero no tenían conciencia de esto ni tampoco prestaban atención al pudor, aunque hubiera otras personas viéndolos.
Al final de la danza tenían tales dolores en el pecho que, si sus amigos no los apretaban con trozos de tela enredados en su cintura, gritaban como enloquecidos que se estaban muriendo. En Lieja, los libraron de sus demonios por medio de exorcismos como los que se usan antes del bautismo. Los que se curaron dijeron que les parecía haber estado bailando en un río de sangre y que por eso saltaban continuamente. Pero la gente de Lieja dijo que habían sido atacados de esa manera porque no estaban verdaderamente bautizados, debido a que la mayoría de los curas tenían concubinas. Por esta razón la gente propuso que el pueblo se levantara contra los curas, los matara y tomara sus propiedades, lo que hubiera ocurrido si Dios no hubiera proporcionado un remedio eficaz a través de los exorcismos. Cuando la gente vio esto su juña disminuyó al grado que los clérigos fueron tratados con todavía mayor reverencia que antes.”
Leyendo estas palabras es fácil apreciar cómo se tomó el tema en la época cuando cualquier aspecto de esta índole era automáticamente clasificado como brujería y/o posesión demoníaca. De más está decir que la mayor parte de los participantes eran gente pobre, como campesinos y jornaleros, artesanos, como zapateros o sastres, criados, amas de casa, mendigos y desocupados; sólo excepcionalmente había ricos o curas, presumiblemente más difíciles de recaer en las filas luciferinas.
Así que como el causante de tan sacrílegos bailes no era otro que el demonio, la cura no podía ser otra que un buen exorcismo o una buena misa, y así fueron combatidas las hordas de bailómanos poseídos hasta que se conseguía terminar con ellas.
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A tal punto llegó esta locura que en un edicto publicado el 18 de noviembre de 1374 por los magistrados de Maastricht, se prohibió  a todo el que sufría de coreomanía que bailara en la iglesia o en la calle; tan solo se les permitía bailar en sus casas.
Cuando los bailómanos llegaban al trance, mostraban otros tipos de fenómenos motores: algunos caían al suelo y se arrastraban de espaldas, otros perdían el conocimiento y echaban espuma por la boca, y otros tenían convulsiones y contracciones irregulares de las extremidades. Aunque, una vez que había pasado el episodio, la mayor parte de los afectados no recordaba nada de lo ocurrido, algunos describían visiones celestiales.
La epidemia de coreomanía de 1374 no fue la primera, aunque sí es la más conocida; según Backman, existen noticias de episodios semejantes a partir del siglo vn. En 1027, en la iglesia del convento de Kólbig, en las vecindades de Bernburg, el servicio religioso de la noche de Navidad fue interrumpido por un grupo de 18 campesinos que se pusieron a bailar ruidosamente en el jardín de la iglesia.
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Otra epidemia interesante fue la de los niños, en 1237. En este episodio más de 100 niños fueron afectados por la coreomanía en Erfurt y se fueron bailando y brincando por el camino hasta Arnstadt, cerca de 25 kilómetros; cuando llegaron a esta población cayeron rendidos al suelo y cuando sus padres los llevaron de regreso a sus casas muchos murieron y otros quedaron sufriendo de temblores toda su vida. Otra epidemia
más con un final trágico es la ocurrida el 17 de junio de 1278 en la ciudad de Utrecht, en el puente sobre el río Mosela, donde se congregaron 200 coreómanos y no detuvieron sus danzas y saltos hasta que un sacerdote pasó por ahí, llevando la Divina Presencia a un enfermo; en ese momento, según Hecker, “como en castigo a su crimen”, el puente
se derrumbó y todos los coreómanos se ahogaron.
El número de participantes en la coreomanía era variable; Hecker señala que en Colonia bailaron 500 personas y en Metz 1100. Además, los enfermos iban de un pueblo al otro y se mantenían como grupos bien consolidados durante semanas.
Paracelso clasificó variantes de los motivos que ocasionaban esta manía por bailar: desde la lujuria, pasando por algún estado mental anormal, hasta factores físicos no identificados.
Una de las primeras tentativas para evitar que la gente siguiera frenéticamente con sus movimientos espasmódicos fue acompañarlos con música, ya que por aquel entonces se consideraba que de esa forma podían equilibrar su cuerpo y alma, y dar armonía a esos arranques epilépticos, pero lo único que se conseguía era un acrecentamiento del estado hipnótico de los afiebrados bailarines.
La causa más alegada y aceptada en la actualidad, sin embargo, prescinde de explicaciones extrasensoriales e incluso esotéricas. La relación parece estar en la alimentación de quienes sufrían estos brotes, sustentados, eso sí, por un exacerbamiento social.
El principal producto de aquella vasta clase baja era el centeno. Se cree que este cereal estaba infectado por un hongo que contenía toxinas y principios psicoactivos de poderosos efectos sobre la corteza cerebral. El ácido lisérgico, por ejemplo, es un derivado de este agente.
Los que están en contra de esta teoría sostienen que de ser un ataque de LSD, no se explicaría que los brotes de la fiebre del baile se repitieran en pocos días o semanas de una ciudad a otra, lo que induce a pensar en un contagio social.
Después del siglo XIV la coreomanía se hizo cada vez más rara, hasta que desapareció en el siglo XVII; quizá el último testigo presencial de un episodio masivo fue Horst, en 1623.
La coreomanía también se conoció como el “baile de San Juan” o el “baile de San Vito“.

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El canibalismo alcanzó entre la población cotas hasta ahora insospechadas.

El historiador británico Michael Jones acaba de publicar el libro “El sitio de Leningrado, 1941-1944″ donde aporta nuevos y escalofriantes datos sobre el impenetrable cerco alemán que sufrió la ciudad soviética durante 872 días. Según ha descubierto Jones durante el sitio de Leningrado la falta de alimento hizo que se diera un elevado número de casos de canibalismo. 1.400 personas fueron arrestadas por ello y 300 ejecutadas por el Gobierno de Stalin. Las cifras reales son sin duda mucho más altas. Durante el peor periodo del asedio, a finales de enero del 42 y principios de febrero, distritos enteros de Leningrado fueron invadidos por caníbales”.
Valentina Rothmann, de 12 años, descubrió horrorizada que a muchos de los cadáveres que acarreaba les habían cortado las nalgas. Eso no fue nada comparado con la experiencia de otra joven, Vera Rogova, a la que persiguió un caníbal con ojos extraviados de hambre y un hacha. Maria Ivanovna se sorprendió al ver que, en medio de la carestía, unos inquilinos cocinaban carne; le dijeron que era cordero pero al levantar la tapa de la olla entre el caldo asomó una mano humana.
En enero de 1942 distritos enteros fueron invadidos por antropófagos
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Aqui tenemos una fotografía tomada en una villa de la región del Volga en 1921. Muestra a una pareja de campesinos que raptaba niños para alimentarse de su carne.
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Parecen cuentos de terror. Sin embargo, son experiencias reales vividas durante el sitio de Leningrado, conocido como el de los 900 días (en realidad 872), uno de los peores asedios que recuerda la historia y en el que el frío -hasta 40 grados bajo cero- y el hambre se sumaron a la guerra y la oscuridad para configurar un cuadro de penalidad y espanto apocalíptico. Nadie sabe cuánta gente murió. Las autoridades reconocieron más de 600.000 ciudadanos muertos, pero otras cifras superan 1.200.000. En un libro recién aparecido que constituye un verdadero descenso a los infiernos (El sitio de Leningrado, 1941-1944 ), aunque también un asombroso testimonio de la capacidad de supervivencia del ser humano y un conmovedor canto a la esperanza, el historiador británico Michael Jones, de la Universidad de Bristol, revive extraordinariamente aquel asedio -en buena parte a través del relato directo de los supervivientes y sus diarios- y ofrece datos nuevos que revelan toda la crudeza de un episodio de la II Guerra Mundial que fue manipulado por la historia oficial soviética y que desde hace tiempo sufría el olvido historiográfico.
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Según el texto de las anotaciones en ruso y chino, se trata de campesinos hambrientos que se alimentaban de carne humana
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Jones señala que había bandas organizadas, que un grupo de 20 caníbales se dedicaba a interceptar a los correos militares (para comérselos) y que en un lugar de la calle de Zelenaya donde se vendían patatas se pedía al comprador que mirara donde se guardaban y cuando éste se agachaba le golpeaban con el hacha en la nuca.
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La NKVD (comisariado del pueblo ruso), advirtió de que en los mercados se vendía carne humana. “Cruzar la ciudad era peligroso, y costaba confiar en los demás”, recordaba una superviviente, que señalaba que se veían cadáveres mutilados por todas partes. A las mujeres les cortaban especialmente los pechos.
La extensión del canibalismo da la medida de la desesperación que provocó la carestía de alimentos. La gente se desmoronaba de hambre. La vida se redujo a tratar de encontrar comida. “El horror de lo que se vivió en Leningrado es casi inimaginable”, dice Jones. La gente comía hierba, cola de carpintero, hervía el papel de las paredes, los cinturones de cuero, ¡los libros…! La “cocina de asedio” reveló una macabra imaginación. “Se cambia gato por pegamento”, rezaba un cartel. Llegó un momento en que morían 3.000 personas al día de inanición, luego 15.000, 25.000… Nadie tenía fuerzas para enterrarlos. Una madre sólo pudo arrastrar a su hijo muerto hasta el alféizar y allí lo dejó. Faltaba tanta gente que una obra de teatro sobre los tres mosqueteros se montó sólo con dos, y no es broma. Hubo epidemias de disentería, de tifus, etc.
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Los alemanes, y ésta es otra de las aportaciones de Jones, no querían meramente tomar la ciudad -Petersburgo, como la llamaba Hitler-. “El objetivo de los nazis era sellar la ciudad y matar de inanición a toda la población civil, dos millones y medio de personas. Incluidos medio millón de niños”, recalca el historiador. “Esta decisión estaba motivada por el odio ideológico y racial. Y a ella se aplicaron con rigor casi científico. Los alemanes no hubieran aceptado ni siquiera la rendición incondicional de Leningrado”.
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Pero el asedio a Leningrado no es un caso aislado. Los casos de canibalismo humano registrados durante el siglo XX en Rusia y la Unión Soviética abundan sobremanera. Durante la Segunda Guerra Mundial se registraron también otros casos: en el campo nazi Stalag , situado en  Ucrania, los alemanes documentaron prácticas caníbales entre los prisioneros de guerra soviéticos
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También se sabe de actos de antropofagia ocurridos durante el  Holocausto Ucraniano: una hambruna provocada artificialmente por Stalin para someter al campesinado ucraniano que asoló el territorio de aquella República Socialista durante los años de 1932 y 1933. Murieron unos 3′5 millones de personas victimas de la inanición y la malnutrición.
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El comunismo de guerra adoptado por los bolcheviques durante la Guerra Civil Rusa causo la Hambruna Rusa de 1921, extendida por toda la región del Volga y los Urales. Murieron unos 5 millones de personas. Aquel desastre humanitario impulso a muchas personas a la práctica del canibalismo humano.
Entre los prisioneros rusos también se cometieron actos de canibalismo y en el asedio de Leningrado   los cadáveres de  los niños desaparecían de las calles
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En un documental de Stalingrado hubo un testimonio de una civil rusa que narraba como empezaron a comerse los caballos, después los perros siguiendo con los gatos y cuando estos se acabaron ….
La mayoría de imágenes de este post  proceden de una exhibición pública y oficial sobre el hambre en la región del Volga que se realizo en el Kremlin en 1922. Dicha exhibición incluía fotografías de campesinos practicantes del canibalismo que habían sido capturados por la Checa (policía secreta soviética). Puede que formara parte de una campaña para conseguir ayuda internacional. Diversas organizaciones occidentales enviaron alimentos a Rusia, hasta que se percataron de que los bolcheviques vendían el grano a países extranjeros en vez de utilizarlo para acabar con la hambruna.
Dado que muchos combates del Frente Oriental se desarrollaron en unas condiciones extremas, no es de extrañar que  se llegara a un comportamiento tan extremo como el canibalismo.
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